Mauricio “Richard” Haller, un vecino de Puerto Madryn que combina la carpintería con la impresión 3D, asumió de forma voluntaria el desafío de imprimir y armar un entrenador de movilidad personalizado. El dispositivo ya transforma el día a día y la autonomía de Clarita, una pequeña de cuatro años.
La innovación tecnológica y la solidaridad se entrelazaron de manera ejemplar en la provincia de Chubut. Richard Haller, un multifacético vecino de Puerto Madryn de 42 años que se desempeña como carpintero, docente de circo y emprendedor de impresión 3D a través de su proyecto Plus 3D, logró materializar un dispositivo ortopédico único que ya está cambiando la vida de una niña de la región.
Se trata de una silla de ruedas adaptada y diseñada específicamente como “TMT” (Trainer Mobility Trainer o Entrenador de Movilidad), un dispositivo que busca favorecer la autonomía, el traslado y el desarrollo motor de Clarita, una pequeña de cuatro años que se encuentra en pleno proceso para comenzar a dar sus primeros pasos de forma independiente.
La historia comenzó en la farmacia de la esposa de Richard, que funciona como la vidriera de sus creaciones tridimensionales. Una clienta del comercio, al tanto de las habilidades de Haller con las máquinas y conociendo la prolongada espera de una familia inscripta en una organización no gubernamental internacional, le planteó la inquietud. La ONG en cuestión es 3D Mobility, una plataforma global que conecta a familias que requieren dispositivos de movilidad con “makers” o creadores dispuestos a imprimirlos de manera hogareña y descentralizada.
“Me enteré de este programa porque una clienta me trajo la inquietud de que estas familias estaban anotadas en esta ONG internacional como ‘familia en espera’ por este tipo de sillas. Entré a la página, chusmeé de qué se trataba y me interesó desde el principio poder hacer una ayuda directa a una persona que conozco. Me anoté como maker para hacerme cargo del armado de la silla”, relata Richard Haller sobre el inicio de la travesía.
Dado que el sistema de donaciones de insumos de la organización actualmente solo está operativo para los Estados Unidos, Richard y la familia de Clarita idearon una dinámica de colaboración local: él aportó de manera absolutamente voluntaria su tiempo, sus equipos y el meticuloso trabajo de ensamble, mientras que los allegados de la niña financiaron los filamentos y componentes necesarios.
El proceso requirió precisión técnica y una enorme dosis de empatía. A través de la plataforma, la ONG analizó las medidas corporales y de peso de Clarita para garantizar la viabilidad estructural del modelo, enviando los archivos digitales optimizados. El siguiente reto fue conseguir la materia prima: como la nena eligió colores específicos en tonos rosas y violetas que no estaban disponibles en Puerto Madryn, debieron realizar un pedido especial a Buenos Aires.
“Estuve unos diez días de impresión con tres máquinas dedicadas solamente a este proyecto, imprimiendo día y noche. Antes de acostarme a dormir ponía las máquinas a imprimir, me levantaba, sacaba las piezas que ya estaban y seguía. Son muchísimas piezas y tenía los kilos de filamento muy justos, por lo que debía estar muy atento a no equivocarme o a lidiar con problemas como que alguna pieza se despegara de la base. Fue todo un desafío y un trabajo muy a conciencia”, detalla el creador.
El esmero detrás de cada milímetro de plástico tuvo un correlato estricto con el cuidado de la salud. Tras finalizar la ardua manufactura, la kinesióloga de Clarita evaluó la estructura antes de la entrega definitiva para constatar su funcionalidad terapéutica. Superada la prueba con elogios por parte de la profesional, llegó el momento tan esperado, matizado por un tierno gesto de Richard: el impresor preparó en secreto una réplica miniatura de la silla con una princesa encastrada para que la niña pudiera incorporar el dispositivo de forma lúdica a sus juegos cotidianos.
Hoy, el impacto social de la iniciativa ya se palpa en la rutina de Clarita. Su madre comparte con orgullo fotografías de la pequeña interactuando con sus hermanos y asistiendo al jardín de infantes, donde sus propios compañeritos la ayudan a trasladarse desde el aula hasta el Salón de Usos Múltiples (SUM), integrándola plenamente a la comunidad escolar.
“Haber podido terminar con este proyecto grande y largo me da mucha satisfacción. Ver las fotos donde se la ve sonriente con los hermanos o en el jardín es algo que me llena de orgullo. Mi compromiso ahora es darle visibilización a este programa para que las familias que no pueden acceder a una silla convencional se anoten, y para que la gente que tiene impresoras 3D se sume a este mapa interactivo y se anime a crear estas sillas”, concluye Haller con profunda gratitud.
Esta experiencia en Puerto Madryn no solo resalta la versatilidad de la tecnología de fabricación aditiva -conocida comúnmente como impresión 3D- aplicada a la salud, sino que expone el enorme potencial del trabajo comunitario para derribar barreras de accesibilidad y construir entornos más inclusivos.




