Con un año de trayectoria y encuentros quincenales, este grupo de apoyo mutuo para familias con integrantes con discapacidad ofrece contención y compañía, priorizando la identidad de los adultos frente a las barreras cotidianas y el desgaste de los cuidados.
En el mar de la vida, existen trayectos que no conducen a muelles tranquilos, sino a costas escabrosas y llenas de rocas invisibles. Para muchas familias de Rada Tilly que conviven con la discapacidad, el día a día se convierte en una navegación constante contra la corriente de la burocracia, la falta de inclusión escolar y la mirada individualista de la sociedad. Sin embargo, hace un año, una luz comenzó a brillar para guiar a estos navegantes: el grupo de apoyo mutuo El Faro.
Lo que comenzó como una inquietud presentada ante el área de Desarrollo Social de la Municipalidad de Rada Tilly es hoy un espacio consolidado que se reúne cada 15 días en las instalaciones del Club de Leones. Allí, el objetivo principal trasciende la gestión de trámites; se trata de un ejercicio de rescate de la propia identidad.
“Dejar de ser el papá de…”
Para los integrantes de El Faro, el grupo representa el único momento de la semana donde las etiquetas se disuelven. Marcos, uno de los impulsores del espacio, explica que al llegar buscan “corrernos un poco de ser el papá o la mamá… y empezamos a ser nosotros”. Esta premisa es el corazón del encuentro: un lugar donde el adulto no es definido únicamente por el diagnóstico de su hijo o hija.
Lorena, otra de las integrantes, refuerza este sentimiento con una claridad conmovedora:
“La verdad que dejamos de ser el papá de para ser nosotros mismos… venimos a llorar, venimos a desestresarnos, a veces a traer inconvenientes que tenemos, la mayoría de las veces es a charlar, a hacer algo productivo con nosotros”.
Esta necesidad de “desconectar” es también observada por Agustina Calatrava, psicóloga del equipo de Desarrollo Social que acompaña al grupo. Según la profesional, se nota una transformación genuina cuando los participantes logran “desconectarse para conectarse con ellos mismos”, permitiéndose reír, bailar o simplemente compartir un mate fuera de la urgencia de las terapias y los reclamos médicos.
Un faro que proyecta hacia el futuro
A pesar de ser un espacio de catarsis, El Faro ha sabido transformar el dolor y la lucha en acción comunitaria. Viviana, activa participante del grupo, destaca que han comenzado a participar en espacios académicos, como la cátedra de Medicina Inclusiva, donde relatan sus experiencias a futuros profesionales para sembrar una “semilla” de empatía y concientización sobre la importancia de la detección temprana y el trato humanizado.
El nombre del grupo no fue elegido al azar. Representa esa luz necesaria para quienes transitan por caminos difíciles, evitando que las familias “choquen” contra las dificultades de un sistema que muchas veces ignora sus derechos. Como bien define Roberto, otro de los miembros, el trabajo que realizan hoy es un legado: “todo el granito de arena que podamos, las semillas que podamos sembrar hoy en día, por ahí nuestros hijos no van a disfrutar de los resultados… pero le va a servir a los que vengan”.
En El Faro, la discapacidad se transita en colectivo, y en esa unión, los padres vuelven a encontrar sus propios nombres, recordándole a la comunidad que, antes que cualquier diagnóstico, lo que prima es la persona y su derecho a pertenecer.
Para sumarse a esta propuesta y realizar consultas se pueden comunicar al WhatsApp 297 6213399.




