Valeria Heredia describe la angustia de su hijo Leandro, un joven con parálisis cerebral que cayó de un colectivo de la lÃnea directo a Ciudadela sin recibir auxilio de pasajeros ni del chofer. El caso pone de manifiesto la falta de solidaridad y las barreras que aún persisten en nuestra convivencia cotidiana.
La autonomÃa es un derecho, pero para Leandro, un joven de 22 años que convive con una EncefalopatÃa Crónica No Evolutiva desde los ocho meses, ejercerla se ha vuelto una tarea de riesgo. A pesar de su parálisis, que afecta su parte izquierda y su visión, Leandro utiliza el transporte público habitualmente para manejarse solo, apoyado en su bastón verde. Sin embargo, el pasado 1 de abril alrededor 20:00 horas, su búsqueda de independencia se topó con la indiferencia.
Al intentar descender de la unidad número 11 de la lÃnea directo a Ciudadela de Transporte Patagonia Argentina, el colectivo reanudó su marcha antes de que él pudiera bajar por completo, provocando que cayera desde el primer escalón. Lo más doloroso no fue solo el golpe fÃsico, sino la reacción de quienes lo rodeaban. “Nadie se acercó a decirle ‘¿estás bien?’. Ni siquiera los pasajeros, ni el colectivero”, relata con angustia su madre, Valeria Heredia.
Un relato de crueldad y falta de empatÃa
Valeria describe la situación como un acto de crueldad difÃcil de comprender en una sociedad que se pretende civilizada. Leandro, a pesar de su gran tamaño fÃsico y de que su discapacidad motriz es evidente, tuvo que levantarse solo del asfalto como pudo.
“Él llegó a casa creyendo que se habÃa sacado el hombro por el inmenso dolor que sentÃa. Tiene una alta tolerancia al dolor, asà que el golpe fue muy importante”, explica Valeria.
Tras ser atendido en la guardia del Sanatorio La Española, se confirmó que, afortunadamente, solo fueron golpes, aunque el riesgo de haber sido aplastado por el vehÃculo fue real. Este no es un caso aislado: en el mismo centro de salud, la paciente anterior habÃa ingresado por una caÃda similar desde un colectivo.
Para Valeria, la solución no requiere de grandes inversiones tecnológicas ni de asistentes adicionales en cada unidad. “No pedimos asistentes, ellos pueden solos; solamente necesitan el tiempo necesario”. Es un segundo de atención, de mirar por el espejo y esperar a que el pasajero termine su descenso de forma segura.
Un llamado a la reflexión colectiva
Esta denuncia pública no busca únicamente señalar a un chofer o a una empresa, sino generar una toma de conciencia generalizada. La discapacidad no debe ser un motivo de miedo o de parálisis para quien observa. “Nos está faltando amabilidad, ver al otro con otra mirada, empatÃa y solidaridad”, reflexiona Valeria.
Como sociedad, no podemos acostumbrarnos a vivir de manera inadecuada, permitiendo que el apuro prime sobre la integridad de las personas. El caso de Leandro es un recordatorio urgente de que la inclusión se construye en cada esquina, en cada parada de colectivo y, sobre todo, en el gesto humano de extender una mano cuando alguien cae.



